Un hombre, su caballo y su perro iban por
una carretera. Cuando pasaban cerca de un árbol enorme
cayó un rayo y los tres murieron fulminados. Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo, y
prosiguió su camino con sus dos animales (a veces los muertos andan un cierto
tiempo antes de ser conscientes de su nueva condición…)
La carretera era muy larga y colina arriba. El sol era muy intenso, y ellos
estaban sudados y sedientos; en una curva del camino vieron un magnífico portal de mármol, que conducía a
una plaza pavimentada con adoquines de oro. El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada y entabló con él,
el siguiente diálogo:
