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13 jun 2013

Dios y el zapatero

Dios y el zapatero

Cierta vez,  Dios bajó a la tierra para ver a toda su creación y llegó hasta la casa de un zapatero, que vivía muy inconforme.

-He caminado mucho -le dijo Dios al zapatero-. Tengo mis pies maltratados y los zapatos muy maltrechos. ¿Puedes darme unos zapatos para mis pies? Pero no tengo con qué pagarte.

El zapatero miró a Dios y refunfuñó:

Ya estoy cansado que los demás me pidan cosas y no recibir nada a cambio. Yo también tengo necesidades, tengo sueños que no he podido realizar porque no tengo dinero.

Dios lo miró amablemente .

Yo puedo darte todo el dinero que quieres –dijo-. A cambio solo te pido que me des tus piernas.

El zapatero lo miró absorto.

No puedo darte mis piernas –gruñó-. Las necesito para caminar, para correr tras mis hijos por el campo… ¡Definitivamente mis piernas no!

-Entonces, a cambio dame tus brazos.

-¡Claro que no! ¿Y cómo voy a abrazar a mi esposa, a coger de las manos a mis hijos…? ¿Cómo voy a comer?

-¿Qué tal tus ojos?  -ahora Dios lo miro sonriente-. A cambio me darás tus ojos.

-¿Cómo podría darte mis ojos?  Con ellos veo todas las mañanas lo maravilloso que es el amanecer. Puedo percibir el dulce amor de mi esposa y lo hermosas que son las flores del campo. Ahora que lo pienso no me había dado cuenta de todo lo que tengo. Creo que solo te daré tus zapatos.

Dios lo miró complacido. Al fin el zapatero comprendió toda la riqueza que tenía.

22 jul 2012

El vendedor más grande del mundo: Octavo pergamino


El vendedor más grande del mundo: Octavo pergamino

Hoy multiplicaré mi valor en un ciento por ciento.

Una hoja de morera tocada por el genio del hombre se convierte en seda. Un campo de arcilla tocado por el genio del hombre se convierte en un castillo. Un ciprés tocado por el genio del hombre se convierte en un santuario. Un vellón de lana tocado por el genio del hombre se convierte en un manto para un rey. Y si es posible que las hojas y la arcilla y la madera y la lana multipliquen su valor por un ciento por ciento, que digo, en un mil por el hombre, ¿no puedo hacer lo mismo con la arcilla que lleva mi nombre?
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